FOTO: CEDAL Archivo
En este este texto, me propongo construir puentes entre lo que nos singulariza como humanos (pensar, sentir, crear, amar, soñar, compartir) y por ese sendero, llegar al enlace entre la salud mental y la comunidad , una zona en la que Juan Carlos Carrasco pensó, trabajó y enriqueció, constituyendo una importante fuente de motivación para muchos de nosotros.
Y repasando los inicios de mi formación, encuentro varios “cruces de caminos” en lo profesional y en los intereses [1], en especial en esto de pensar en cómo puede constituirse un “ambiente facilitador del desarrollo” del niño, al decir de D.W. Winnicott [2], pediatra y psicoanalista británico, algo que J. C. Carrasco puso foco y propició a su modo.
Allá por los finales de los ochenta, en un taller de juego para adultos, cuya consigna era “dejar colgados en la entrada la vergüenza y el temor al ridículo” para así pasar a interactuar «como si» fuéramos animales, se me acerca un gracioso “can /veterano con chivita en cuatro patas” que me saluda ladrando amigablemente. Obviamente, la carcajada me hizo salir del “como si”, al constatar que frente a mí, ¡estaba Carrasco!
Años más tarde, tuve el privilegio junto a una colega y comunicadora (Psic y Lic. en Com. Rosario Valdés), de conversar con él [i], en una serie de encuentros donde pudimos repasar su vida, sus pasiones, sus ideales que terminaron concretándose en la creación del Latino, donde la utilización del arte en sus diversas manifestaciones tendría un lugar protagónico así como la inclusión de niños con diferentes problemáticas, ya sea de aprendizaje, físicas o emocionales.
¿Qué decir de sus ideas hoy?
Ideas potentes, innovadoras para su tiempo y para nuestra idiosincrasia. Sin duda vigentes, al ampliar la mirada de la Institución educativa e incluir la promoción de salud mental y la integración de niños y adolescentes con “capacidades diferentes” como parte fundamental de la currícula institucional.
Al recorrer sus ideas, así como escuchando anécdotas de padres, docentes y ex alumnos, se fueron destacando la valoración del PENSAMIENTO CRÍTICO, de la LIBERTAD, de la CREATIVIDAD, del ESPÍRITU LÚDICO, del DISFRUTE EN EL APRENDER, y de todas las posibles vías de EXPRESIÓN ARTÍSTICA como experiencia ineludible en el proceso de subjetivación. Todo esto enmarcado en una propuesta donde los vínculos, la escucha detenida, la paciencia y tolerancia de las diferencias, construyen la vida en COMUNIDAD. Comunidad educativa capaz de albergar “almas inquietas”, rebeldes y cuestionadoras, en esto de apostar a construir “hombres libres” como decía él. Menudo desafío…
Y es aquí donde quisiera detenerme y aportar algunas reflexiones: ¿cuál sería la zona de cruce de estas ideas y motivaciones?¿ Cómo relacionarlas a la salud mental?
Pienso en el valor de la FUNCIÓN SIMBÓLICA, en la potencialidad transformadora del arte en general, donde lo creativo, el dar origen a algo nuevo, inédito, tiene lugar. Experiencia humanizante, subjetivante por excelencia. Desde el “como si” del juego infantil, a los distintos trabajos de SUSTITUCIÓN, de representación simbólica de la realidad, hasta alcanzar la palabra: hablada primero, escrita después. Función simbólica, que da apertura a lo metafórico, y que lleva las marcas de lo esencialmente propio e irreplicable. Como cada uno de nosotros.
Es bien sabido que “symbolon”, en griego significa “poner junto”: trabajo de reunión, de ligazón que rige a la emergencia de la representación. ¿Qué se re-une, se liga? Afectos (amores, anhelos, odios, temores, tristezas) con representaciones: modos “elegidos” de darles forma, ya sea a través de los trazos en una hoja, en el modelado de barro, en las “puestas en acto” del juego dramático, en lo sonoro o en las palabras. Pensándolos en clave freudiana, diríamos que estas actividades son SUBLIMATORIAS por excelencia, dado que permiten canalizar lo pulsional, tanto en sus tendencias constructivas como destructivas (Eros y Tanathos) por medios socialmente aceptados. Freud proponía pensar la sublimación como uno de los mecanismos de tramitación de lo pulsional más complejos, por los rodeos que debe transitar el yo para alcanzar la mediación, la “sustitución” de los pujantes anhelos propios de la sexualidad infantil, en aras de lo civilizatorio.
La cría humana, que inserta en la cultura, se humaniza; en intercambio con otros, aprende a reconocerse semejante a la vez que distinto-que-los–otros. Aprenderá a buscar la manera de lograr la satisfacción de sus deseos y anhelos, y a mitigar sus temores y angustias, a través de sus distintas manifestaciones simbólicas. Así como también, gracias a ellas mismas, a acotar, postergar y sustituir sus demandas pulsionales en aras de lograr la convivencia con otros. Ardua tarea psíquica la transacción entre los anhelos del yo y las demandas culturales, dadas las restricciones al yo que implica VIVIR-CON-otros, que sabemos que siempre nos generarán malestares [3]. Restricciones que acotan y limitan la LIBERTAD INDIVIDUAL, tema tan valorado y pensado por Carrasco, como elemento indispensable en el proceso de subjetivación del niño. Libertad tan restringida, en el contexto en que él desarrolló su pensamiento.
También el malestar que pueden generar las diferencias, en contraposición al anhelo narcisista infantil de que los demás sean “a nuestra imagen y semejanza”, que pensemos y sintamos de igual manera. En este sentido, la experiencia ha demostrado que la inclusión de niños y adolescentes con una amplia gama de problemáticas, hoy llamados “con capacidades diferentes”, beneficia no sólo a ellos mismos y sus familias al encontrar un lugar de integración social, sino también a los compañeros, que aprenden a convivir, a comprender y a sintonizar con semejantes con capacidades diferentes, pero no por eso excluyentes.
Estas ideas me llevan inevitablemente a D.W.Winnicott quien nos propondrá pensar en el ESPACIO POTENCIAL, esa “tercera zona de la experiencia humana”: que no es ni exclusivamente externa ni interna, ni realidad ni fantasía, pero que se nutre de ambos. “Espacio” virtual que encierra la potencialidad de ser “llenado”, poblado de símbolos: desde los primeros objetos transicionales (el osito, el trapito, etc) que utilizan los niños para mitigar las angustias de separación, al juego, el arte, las pasiones culturales e investigativas en general. Actividades que estarían conectadas y propulsadas por lo que él llama el verdadero self, con lo más genuino y esencial de cada uno, y que desde ahí, transforman, dinamizan, nutren el alma, alivianando las tensiones del diario vivir. Así podríamos pensar en la cotidianeidad como una zona de creación personal, donde nuestra manera de diseñar cada día, de elegir qué priorizar y qué descartar, nos permite un ejercicio de la libertad individual y de creación que vitaliza lo rutinario.
Como en todas las pasiones humanas, en aquellas que disfrutamos desde las “entrañas” de cada uno, espacio y tiempo quedan “en pausa”, suspendidos. Es así, que podemos incluirlas como actividades de “descanso”, de relajamiento, al modo de “recreos psíquicos”. Winnicott resaltaba la relevancia de estas experiencias de esta tercera zona, dado que, como el descanso físico, habilitan a la “recarga” de recursos psíquicos como para luego poder afrontar mejor los avatares de la realidad.
Es aquí donde la INSTITUCIÓN EDUCATIVA cobra relevancia. Espacio exogámico, ajeno-a-lo- familiar, que se ofrece como escenario privilegiado para la puesta en práctica de estos recursos psíquicos. Y es así, que se reactualizarán conflictos de lo intrapsíquico y de lo intersubjetivo, que se pondrán al descubierto en estos nuevos espacios de intercambio social: ya sea con el aprendizaje como con los docentes, con el mundo adulto, como con los pares.
Y como toda integración a una nueva comunidad, se nos plantean nuevos desafíos:
¿Cómo articular los montajes adaptativos singulares de cada uno, con las demandas que vienen del otro/otros? ¿Cómo facilitar la transición necesaria del yo al nosotros, cuando sabemos del magnetismo del narcisismo infantil? ¿Cómo articular lo singular con lo plural?
Pienso que como todo escenario social, vinculante en esencia, las oportunidades de enriquecimiento o estancamiento personal dependerán de cómo se transiten estos y otros desafíos. Es así, que la institución educativa, se ofrece como lugar donde naturalmente se desplegarán estas posibilidades y desde donde se podrán propiciar intervenciones “oportunas” en el caso en que el estudiante (niño, adolescente) y su familia lo requiera y lo acepte. Este detalle no menor es uno de los mayores desafíos de nuestra tarea: ¿cómo intervenir en una situación que consideramos que amerita nuestra participación, cuando no hay demanda?
La institución educativa, dada la multiplicidad de propuestas curriculares que ofrece y dada la cantidad de horas compartidas con ese estudiante, tiene la posibilidad de observar a ese estudiante-en-situación, en su contexto natural, vinculándose entre pares, adultos, así como con los aprendizajes académicos. Por lo cual, podrá aportar una mirada distinta, complementaria a la familiar, apuntando a intervenir lo más tempranamente posible para evitar que las dificultades del estudiante se cristalicen (y por ende, el sufrimiento psíquico que esto conlleva: para él y para su entorno).
¿Cómo construir puentes entre la institución educativa, sus estudiantes y sus familias?
Carrasco proponía las “Escuelas de padres” que fueron transformándose en “Encuentros con los padres”. Parecería ser que cada vez más la posibilidad de pensar lo “íntimo”, en el “mano a mano”, se convierte en una necesidad de estos tiempos. Las entrevistas individuales más que las instancias grupales. Tal vez, por exceso de las redes, de las grupalidades. Lo público entrometiéndose demasiado en la vida privada, y más hoy en día, a la luz de lo que estamos viviendo. Me pregunto si la transición de “Escuela de padres” a “Encuentros de padres”, no estará marcada también por un cambio de paradigma: la “Escuela” implica una asimetría, un posicionamiento infantil, pasivo, frente al “maestro-que- sabe” y dice lo que HAY que hacer. Lugar de poder del SABER unívoco, centralizado en UNA VERDAD, que en tiempos de mayor ejercicio de la libertad personal y por ende, de diversidad de estilos de crianza, no corre. En los encuentros, hay una dinámica afectiva en juego, que convoca a un intercambio horizontal, entre adultos portadores de verdades relativas, diversas y respetables si las pensamos cada una en su contexto.
Para terminar, y a la luz del impacto del COVID 19, vuelvo a reencontrarme valorando la ESTÉTICA: pero no sólo aquella que nos propone el arte en general, sino también la de la vida cotidiana. Con tiempos más pausados, más posibilidades de repasar nuestro entorno inmediato, con detenimiento en los detalles que se nos pierden en el ritmo de los “deberes diarios”. Y así me veo deteniéndome en la naturaleza de los vínculos, que también encierran una estética particular. En tiempos de “distanciamiento social”, o más bien, de franco CONFINAMIENTO, sin duda traumático y tóxico a nivel psíquico, se me resignifica el enorme valor de la presencia y de nuestros modo-de-estar-con-el-otro . No es lo mismo encontrarnos mediados por las pantallas. Ni aprender del otro sin la presencia del otro. Mucho de lo que circula a través de lo no verbal, lo gestual, lo fresco que aporta lo espontáneo, se pierde. Y entre ellos, el humor, que naturalmente emerge al estar frente a frente. Cuánto color y sabor aporta a los vínculos esta posibilidad que tenemos de jugar con nuestras ideas, con nuestros gestos espontáneos. Capacidad de pensarnos con suficiente espíritu crítico como para poder “reírnos de nosotros mismos” (como definía al humor Enrique Pinti…). Humor que a modo de “bocanadas de aire fresco” como lo definía Freud, permite aminorar y en muchos casos transformar las tensiones de la vida cotidiana. Un ingrediente más del espíritu lúdico y creativo de Carrasco que destacan quienes tuvieron la oportunidad de conocerlo.
Por otro lado, la potencialidad vitalizante y nutricia del espacio potencial, del habitar, poblar esa tercera zona de la experiencia humana…del poder incluir en estas nuevas cotidianidades, dosis de actividades inéditas, creativas, apasionantes. ¿Ahí no estaría también la esencia de nuestra LIBERTAD, concepto potente en el pensamiento y en el trabajo de Carrasco? Libertad individual y colectiva a mí entender: en nuestras maneras de interpretar y transformar la realidad, en nuestros sueños, nuestras fantasías. ¿No podemos pensarlos como recursos psíquicos que nos permiten entre-tenernos, habitando y “domesticando nuestra soledad”? [4] Me animaría a pensar si algo de este propósito, no estaría relacionado con la Salud Mental, concepto esencialmente dinámico a la luz del psicoanálisis y tan pensado y trabajado por Carrasco.
Mag. Ximena Malmierca Oyanedel
Psicoanalista (APU/IPA/FEPAL)
Referente de Psicología
[1] Decano de Facultad de Psicología, reconocido por su trayectoria en su valoración de la plástica como mediador terapéutico a través de los Talleres dinámico-expresivos: yo también me formé en Bellas Artes y en el Taller Malvín (Nená Badaró) y trabajé en Talleres de Libre Expresión. Creador del primer jardín de Infantes diseñado con un propósito central: la PREVENCIÓN Y PROMOCiÓN DE LA SALUD MENTAL de niños y sus familias; mi primer trabajo como psicóloga fue en un centro educativo (Jardín nº 244), e hice un postgrado en Psic. Educacional en la UCUDAL, motivada por la interrogante (aún vigente) de cómo se construye la salud psíquica y cómo intervenir tempranamente, “a tiempo”, antes de que se cristalicen las dificultades de los niños (“en tempranos”) y sus familias.
[2] D.W.Winnicott (1979): “El proceso de maduración en el niño. Estudios para una teoría del desarrollo emocional”,Ed. Laia.
[3] (Freud, S. (1930): “Malestar en la cultura”; Ed. Amorrortu
[4] Quinodoz, Jean Michel (1993):“La soledad domesticada” Ed.Amorrortu
—-
[i]“Una tarde de invierno del 2000, entre viento, aire de mar y mucho frío llegamos al departamento del Prof. Carrasco, un edificio moderno, frente al mar de Pocitos. Ir a la casa del ex-Decano de nuestra Facultad, explorar sus propios orígenes, su historia, nos parece un privilegio que a la vez nos intimida…Hacemos sonar el timbre y enseguida el Profesor baja a recibirnos con un saludo cálido y fraterno. Nos hace pasar.
Hay algo en él o en el ambiente que desde un primer momento nos hace sentir “como en casa”: nos invita a sentarnos alrededor de una mesa redonda… nos ofrece un mate… quiere conocer más de nosotros (su afán investigador hace que quiera conocer nuestras respectivas actividades y el origen de nuestros apellidos).
Tal vez esta situación de familiaridad se deba a su chispa y su espontaneidad.
Nos rodean artesanías, imágenes religiosas, algunos cuadros… un ventanal enorme que da a una calle lateral, nos permite ver el mar. Vemos a las personas luchar contra el viento para llegar a la Rambla. El frío de afuera contrasta con el calorcito de adentro…
Dos importantes bibliotecas servirán de soporte a los libros, artículos y fotos que compartirá con nosotros a lo largo de nuestros encuentros.
Se le ve distendido y entusiasmado, con muchas ganas de empezar a hablar “…aunque esta idea ya me la han planteado muchas veces antes pero han quedado en nada… ¡y como uno es tan narcisista y le gusta hablar de uno!!!” Así es que comenzamos.
“Me crié jugando con la locura”
¿Dónde nació?
Nací y me crié frente al Hospital Vilardebó. Mi abuelo tenía su casa en un terreno en el que construyó antes de que se hiciera el manicomio, esa fue también la casa de mis padres. De niño jugué en la calle, y tenía oportunidad de tener mucho contacto con los enfermos mentales porque los locos en aquel momento no estaban tan resguardados como en el momento actual. Ellos salían, y muchas veces se escapaban -porque en el fondo del Hospital Vilardebó había un gran terreno- andaban por la calle y nosotros teníamos contacto con ellos, además nos metíamos en el jardín del Hospital Vilardebó y jugábamos con ellos. O sea que yo me crié jugando con la locura. Eso me entusiasmó mucho y decidí hacer Medicina precisamente para hacer Psiquiatría. En ese momento yo solamente había leído una edición de Freud horrorosa, espantosa hecha por una editorial chilena. [Se levanta y trae un ejemplar viejo ). Ésta fue una de las primeras cosas que vinieron a Uruguay del pensamiento de Freud.
¿Y esto en qué año ocurrió? Porque el libro no tiene fecha…
Yo estaba en el liceo cuando empecé a leer esto… entré en la Facultad en el ’42 y… esto sería ’38, ’39, ‘40… ¿A ver? ¿No lo dice ahí?
¿Y cómo llega este libro a sus manos?
Ah, eso es muy gracioso. Aquí está el sellito de este señor que era un cambalachero muy particular y tenía un kiosco frente a la estación de tranvías del Reducto. Como yo vivía a la vuelta, en la Avenida Millán, le compraba soldaditos de plomo a este tipo, que se llamaba Alfredo Clivio y después cuando entré en el liceo le compré libros. Teníamos una gran biblioteca y una persona que trabajaba en la Biblioteca de la Facultad de Humanidades hizo la clasificación de los libros. Lamentablemente lo único que rescaté a la vuelta [del exilio] es este libro. Y la pregunta es, ¿cómo llegó a mis manos? Bueno, lo compré por seguir la tradición de ir a un lugar en el que yo compraba cosas desde niño. Esta fue la primera lectura que yo hice en materia psicológica.
¿A qué liceo fue?
Al Miranda, en la calle Sierra, que ahora se llama Fernández Crespo. Cuando ingresé en tercer año de la Facultad de Medicina, decidí ir al Hospital Vilardebó y hablar con alguien. Llegué una mañana y el que estaba de guardia era el Dr. Alfredo Cáceres que si bien era psiquiatra, era un psicólogo nato. Cuando lo conocí, yo había dejado por el camino la Medicina hacía mucho tiempo y me hice muy amigo de él de entrada. Es el maestro de mi vida, el tipo que me dio una percepción del mundo y de las cosas, y al mismo tiempo una dialéctica de aprendizaje. Yo hacía las guardias con él en el Vilardebó, y ahí conocí a Felisberto Hernández que era muy amigo de Cáceres y venía habitualmente por el Vilardebó. Cáceres lo sostuvo mucho tiempo porque claro, como buen escritor, por momentos pasaba hambre. Cuando cobraba alguna cosa ya era un señor… Esto me hace acordar a Cabrerita . Yo estaba en el Vilardebó cuando Cabrerita estaba internado ahí. Y cuando cobraba algún premio, pobre Cabrerita, se subía a un taxi y daba vueltas por Montevideo. Era todo un señor, un bacán, y después quedaba en la más absoluta miseria. Felisberto no era así, porque no era un enfermo mental como Cabrera. Pero Felisberto tenía eso de bohemio. Entonces, cuando cobraba algo andaba muy bien, pero de pronto andaba escaso de dinero y Cáceres lo ayudaba. Eran muy amigos. También conocí a Arzadun, a los pintores de la época.
Cáceres era un gran referente, sobre todo para Felisberto; influía en lo que él escribía, en el carácter y naturaleza de los personajes. Y Cáceres era un sujeto sumamente ilustrado, sumamente culto, que podía darle no solamente su percepción como psicólogo, como psiquiatra, sino también como conocedor de la literatura. Además estaba casado con Esther de Cáceres… Fue un tipo que vivió entre artistas, escritores, pintores. Yo siempre cuento que tuve oportunidad de darle inyecciones a Torres García. No es cuento, es verdad… por esa sensibilidad que tienen los artistas -los psicólogos dirían “esa neurosis”- cuando había tormentas, el viejo Torres hacía espasmos uretrales y había que darle antiespasmódicos. Que yo sepa, por la única persona que el viejo Torres se dejaba tocar y medicar era Alfredo. Era el único al que le tenía confianza. Y como Alfredo hacía mucho tiempo que no daba inyecciones, antiespasmódicos, me llamaba para que yo se las diera al viejo…
Si Ud. estaba en tercero de Facultad, había una diferencia de edad importante con Cáceres, ¿no?
Había, sí. Cáceres cumplía años con el siglo. O sea, en aquel tiempo tendría cincuenta y cuatro, cincuenta y cinco años. Y yo tenía dieciocho, veinte. Pero igual se estableció una relación muy particular con él. Obviamente no una relación paralela ni equidistante. Es decir, yo era el pibe que estaba ahí con ellos, me tomaban el pelo… Me acuerdo una vez… Felisberto escribía haciendo taquigrafía. Hacía una mezcla de escritura cursiva y al mismo tiempo taquigrafía, algo que había inventado él. Entonces, recuerdo que en un momento determinado -fue un bochorno para mí- le dije: “Claro, yo no escribo porque yo pienso más rápido de lo que puedo escribir”. Y entonces se mataron de risa… Y dijo: “Por eso es que yo escribo en taquigrafía”. Me miró con una cara de cachada…
Cáceres alquilaba un apartamento en 18 y Julio Herrera y Obes, que todavía existe; es un edificio que tiene una torrecita arriba, donde al lado estaba el Cine Rex. Alquilaba el último piso, que además tenía el mirador. Y en el mirador él tenía su colección de cuadros. Tenía todo de los mejores pintores del momento. De Torres García cualquier cantidad, de los hijos de Torres, de Carmelo Arzadun, yo qué sé… De todos tenía enorme cantidad de cuadros. Pero no los tenía colgados porque no tenía paredes para colgar los cuadros.Cáceres, para ayudarlos, les compraba cuadros. Cáceres era realmente un amigo de los amigos…
Los fines de semana nos íbamos de vacaciones con Felisberto a Solís. Íbamos en ferrocarril, bajábamos en la estación y armábamos la carpa en el terreno, al lado del Parador Los Cardos, porque al mismo tiempo teníamos el Parador para comprar cosas. Y de ahí salíamos caminando y subíamos a la Sierra de las Ánimas. Éramos conocedores de a pie de las sierras. Y llegábamos hasta el mar…
Pasaban por los Pozos Azules…
Exactamente. ¿Cómo sabes eso?
Porque yo fui a los Pozos Azules…
Vos sabés que en aquel momento Cáceres les llamaba los Pozos Azules. Yo no sé quién le puso al nombre… Teníamos nuestro sendero, porque estaba muy lleno de árboles; era un monte criollo muy tupido. Había que machetear…
Ahora está bastante descubierto…
Había todo un tramo, desde lo que hoy es la carretera hasta más o menos los primeros niveles de la falda, en que había un camino. Pero a partir de ahí tenías que ir buscando los senderos que no estaban completamente abiertos, ¿no? Tenías que ir cortando ramas, cortando malezas, agarrándote de las piedras, subiendo…Era un hábito de Cáceres… era un naturista. No comía carne por ejemplo, era un vegetariano. Y llevaba un régimen alimenticio muy sano, muy severo; verduras, frutas. Pero al mismo tiempo era de aire, de cielo abierto. Entonces todo lo que fuera naturaleza era su recreo. Por eso los fines de semana íbamos a la Sierra de las Ánimas y en verano íbamos a la playa. Frecuentemente íbamos a Las Flores, donde Arzadun tenía su chalet y nos quedábamos ahí. Yo armaba la carpa, él iba adentro de la casa de Arzadun y a veces dormía debajo de un bote… Ahí estaba Alfredo Castellanos también, al lado de la casa de Arzadun. Caminábamos por la playa y hablábamos. Las figuras de identificación eran clarísimas. No como ahora, que los muchachos no tienen figuras de identificación claras…”(fragmento de nuestro primer encuentro )
P.D: y para terminar también comparto este video, que me convocó hacer todo este recorrido al evocar a Carrasco.
Ximena: muchas gracias por el artículo, las anécdotas y la hermosa música. Un aporte que desde distintas dimensiones nos enriquece.