Las dos primeras semanas en que decretaron la cuarentena por la pandemia del Covid-19 mi cuerpo se desintegró, perdió el sentido y el ritmo cotidiano como se deshace una torre de naipes. Al pasar de los días el repliegue era necesario para recuperar el ritmo cardíaco y la certidumbre de algo, aunque fuera en la soledad de mi hogar. No había movimiento y el silencio reinaba en el vacío, no en mi cabeza. De un momento para otro se cortó el flujo de lo cotidiano aunque el sol seguía brillando y los pájaros cantando, las calles comenzaban a vaciarse, las personas caminaban rápidamente palidecidas por el miedo y la culpa de estar afuera. Nadie ríe, no hay diálogos, apenas miradas. Se paró el tiempo y yo seguía pensando. Catarata de datos, información fragmentada, lluvia torrencial de palabras en la virtualidad. No queríamos ni podíamos perder el lazo social con el resto, los diálogos de incertidumbre y ansiedad mostraban la necesidad de especular sobre nuestro destino. La urgencia de una respuesta que pusiera paño frío a todo este acontecer no aparecía, y allí se comienza a desnudar la realidad que habíamos arropado: falta de trabajo, crisis de ansiedad, dificultades en el encierro, convivencias dañadas, platos llenos de hambre, desigualdades en el acceso a la tecnología, el sistema colapsa, estamos un escalón más frágiles y precarios. El presente está quebrado.
En estas coordenadas la vida cotidiana se decodifica en términos virtuales, se convierte en el único modo posible de estar en la realidad, emergiendo un nuevo plano que coloniza todos los enclaves vitales de la interacción y comunicación humana; se virtualiza la vida como un virus que se propaga rápidamente: se dejan de dar besos, ahora “te mando un beso”. Parece que el único lugar en el que estamos a salvo de la pandemia es en la virtualidad maquinal. Pero, ¿existimos permanentes en esa realidad o puede venir un virus que nos borre de ese plano?, ¿la virtualidad es un lugar? Qué es lo virtual es un enigma que tiende a lo real, como un espacio sin espacio, un tiempo sin tiempo. Estar en el mensaje-texto, en la imagen a través/en la pantalla, en la traducción de los gestos, genera que los cuerpos sean segundo plano degradado. Este espectro aleatorio (o imagen) se desvanece en la realidad cibernética como puntos intermitentes que se (des)conectan. En cada encuentro virtual partimos de la certeza de lo virtual como un medio que se soporta en la presencia de lo material y lo común, sin embargo hay interrupciones y ruidos que congelan la imagen, que hacen desaparecer a las personas/imagen porque la conexión es dificultosa. En estos momentos es la red inalámbrica de internet que posibilita la presencia, no todos/as pueden aparecer, no basta con ser cuerpo para existir ¡tenés que pagar la factura! Somos una infinidad de partículas ingrávidas que se desintegran en el espacio virtual: “estoy acá escribiendo estas líneas” o “nos estamos viendo a través de una cámara” pero yo no soy la palabra o la imagen discontinua que emerge -más bien esto sería la reproducción espectral de imágenes que componen un simulacro. La virtualidad desafía la física de los encuentros, del espacio-tiempo, de los abrazos.
Todas las labores son traducidas en plataformas virtuales y las que no quedan suspendidas al margen de la impotencia. La educación trata de recomponerse con el objetivo de sostener el vínculo pedagógico -concepto muy discutible y con múltiples interpretaciones en su contenido- entre estudiantes y docentes. Aún así, ¿cómo enseñar en este panorama?, ¿qué queremos enseñar y qué pretendemos de nuestros/as estudiantes? Incluso la exigencia que negociamos con ellos/as queda aguada por la sensación de no-poder hacer nada, o de hacer sepultando un rasgo tan natural como la reacción de pánico frente a la incertidumbre vital, para seguir produciendo. Como reacción a esta pandemia la educación tiene que poder ayudarnos a reflexionar nuestro presente, no se debería inscribir en una lógica de producción (en términos político-económicos) sino como modo de resistencia ante el cimbronazo ¿Es lícito persuadir a los/as estudiantes de continuar con los programas si el eros pedagógico no nos envuelve, si el deseo de conocer está petrificado e inmóvil por la incertidumbre pandémica? Estamos sufriendo un quiebre, y ¿sólo queremos seguir de la mejor manera posible? Esta situación de excepcionalidad política sin dudas que también es excepción para nuestra educación, y con la excepción no se planifica, se acomoda el cuerpo bajo ciertos principios personales y convicciones políticas que nos ayudan a salir adelante colectivamente. Creo enfáticamente que debemos darnos esta discusión. Parar y reflexionar.
Sin caer en relatos universalistas, porque entiendo lo situado de la vida como un rasgo político, me pregunto: ¿es posible educar y aprender en el medio de esta incertidumbre vital? La duda, rasgo del filosofar, perdió sus claves de cotidianeidad que permitían sensibilizar a los/as estudiantes para abordar la realidad, porque la realidad no es esa cosa que está ahí y la pienso, no se trata de ver un suceso que les afecta a otrxs, o bien, un hecho histórico de otro tiempo: la realidad se siente y nos exige respuestas, nuestros/as estudiantes nos las exigen y debemos escucharles.
La excepcionalidad en términos políticos supone el establecimiento de una nueva normalidad, la excepción se vuelve ley cuando se instauran condiciones que tienen como argumento principal la seguridad de la población. Pensar lo excepcional en términos educativos nos ilusiona con que todo volverá a lo ya conocido bajo el contrato pedagógico dado con algún que otro retoque mínimo, sin embargo también es una oportunidad para que bajo el paradigma del progreso racional se instituyan nuevos antecedentes respecto a la labor por plataformas virtuales que colonicen el vínculo pedagógico. Creamos las máquinas y ahora ellas nos dan forma a nosotros. En este sentido hay ciertos rasgos del acompañamiento pedagógico, que como señalé anteriormente, me obligan a cuestionar si es posible educar por medios virtuales, no bajo la desacreditación de la virtualidad como herramienta, pues no se trata solo de todo el empeño que podamos poner en crear conocimientos para nuestros/as estudiantes, sino de lo que comunicamos al creer que haya un proceso original y creativo a través de la virtualidad. Como sostiene McLuhan, el medio es el mensaje. Siendo más compacto, lo que vengo a problematizar es la traducibilidad del salón de clase a la sala virtual.
Esencialmente sin cuerpo no hay educación. Imaginemos un momento que fuéramos nuestro “yo” reducido a una conciencia almacenada, a un pensamiento soportado por una máquina, ¿qué sentido tendría la recepción de conocimiento? Solo lo tendría en el entendido del almacenamiento individual y mecánicamente copiable, sin embargo lo vital de la educación se crea (este verbo revela lo inédito del intercambio) con otros/as situados/as, en esa realidad situada que engrosa nuestra potencia de movimiento. En este margen es ineludiblemente la pregunta por la naturaleza de lo corporal que no se corresponde con interpretaciones locales y culturales. Por ejemplo, occidente es receptor y productor de la tradición moderna de cuerpo máquina/cyborg, que superpone el cuerpo (dimensión simbólica) con el organismo (dimensión anatomo-fisiológica) en su trayectoria individual y productiva. La noción de cuerpo compone la trama de la identidad en base a las funciones orgánicas, simbólicas y de interacción que decodifican un modo de ser en el mundo como construcción cultural y (dis)continua. Educarnos es aprender a identificarnos con lo Otro en la trama de lo común. Al educar se juegan todas las sensaciones: miro, huelo y me muevo, toco la pizarra y nos seguimos moviendo, bailamos o interpretamos un personaje, en lo singular del contacto cuarenta minutos de espacialidad revelan la materialidad del aprendizaje, los conocimientos son situados, captados y volcados en el encuentro con otros/as. El aprendizaje, por ejemplo del gesto, nos enseña que hay un flujo de intenciones, de conocimiento y de ser en el mundo que las palabras no alcanzan y que una computadora no soporta.
La historia de la pedagogía revela la hegemonía del paradigma cartesiano, donde la herencia social que recibimos del cuerpo es aprehendida como un despojo de aquello verdadero y absoluto del yo pensante. La sensación queda recluida en el ámbito de lo íntimo, mientras lo racional se asimila a lo universal. Somos cerebros que piensan, y bajo este mandato mecanicista y reduccionista de la modernidad, se suspenden como fuente de verdad las sensaciones y atributos de la carne como garantía del saber. Esta separación entre cuerpo y mente es peligrosa cuando el flujo informativo nos atormenta, nada es verdad todo es verdad, intentando dirimir como si se tratara de una máquina que clasifica la información. Incluso bajo esta pandemia el afán de medir y calcular costos está muy por encima del sentir, este es el imperativo del rendimiento que itera nuestra singularidad productiva y de consumo, crear saberes científicos para ganar la guerra contra el Covid-19. El enemigo no es claro, por momentos me resulta un flujo acelerado de información que de tanto repetirse es la realidad.
Relevando voces de estudiantes, lo que más se sufre del confinamiento es no estar con otras personas, y sin embargo nos vemos y hablamos por medios virtuales gran parte del día. Hay algo del entramado social que no nos alcanza en la comunicación a distancia, el deseo del encuentro que se remonta a la sensación de la mirada cara a cara, del tacto corporal. Es importante entender que el encuentro permite hacer común lo singular, profundizar nuestra capacidad estética en el sentido etimológico del término. No se trata de acumular más o incorporar nueva información (que muchas veces se olvida), por el contrario se trata de profundizar en todo lo que puede el ser humano y no explora de la propia corporalidad, evitando el reflejo atrofiante de la practicidad y comodidad. Estando en el mismo espacio físico no podemos escapar de la responsabilidad que me genera la cara devenida en rostro de un/a otro/a que me exige. Hay algo de inevitable en ello y es esto lo que nos hace humanos.
Nicolás Sosa Georgieff
Profesor de Filosofía de 6to bachillerato