FOTO: CEDAL Archivo
Carrasco fue un excepcional lector e intérprete de los signos de los tiempos como a él le gustaba decir.
¿Qué leería el lector experto de los signos de los tiempos en estos días, en este mundo desértico, detenido, dominado por la incertidumbre y el miedo?
¿Cuánto más aprendería acerca de los seres humanos y cuánto nos enseñaría?
En las palabras pronunciadas en el acto académico de celebración de los 50 años del Colegio Latinoamericano, el 11 de mayo de 2006, Carrasco decía: «Es en el seno de la vida cotidiana de las sociedades donde se dan las instancias en las cuales se perciben estos signos de los tiempos».
Agregaba luego, que en las sociedades contemporáneas,
se percibe la ausencia de una idea fuerte, nucleadora de consenso de masas y que proyecte hacia adelante la posibilidad de crear un espacio estructurado de existencia estable, libre de toda tiranía, de cambios e inseguridad. Paralelamente se percibe la presencia de una vivencia de incertidumbre respecto a lo que puede acontecer en el futuro, desconfianza e incredulidad en la posibilidad de soluciones valederas, impotencia respecto a la factibilidad de incidir sobre los destinos colectivos, acompañada de una severa inestabilidad laboral. Fuerte sensación de miedo y desamparo. Se ha dicho que la sociedad actual es la sociedad de la información y del conocimiento, yo agregaría que también es la sociedad del miedo y de la indefensión. (Aportes I, pág. 187)
Estos días de pandemia y distanciamiento social parecen mostrar la cara más auténtica de los signos que él leía hace 14 años: la incertidumbre, el miedo, la indefensión, la crisis social y económica.
En aquella oportunidad, Carrasco cerraba así su lectura de los signos de los tiempos:
Sí considero pertinente, a propósito de lo dicho, expresar ahora que el Latino está atento a todo este tipo de situaciones y que no es nuestro deseo dramatizar ni tremendizar al respecto. Por el contrario nuestra actitud es construir pedagógicamente en vista a un futuro mejor.
Tal vez este sea el momento para que otros, más jóvenes, con la percepción lo más objetiva posible de la realidad, lean los signos de estos tiempos, elaboren teorías, ajusten las prácticas y emprendan el camino para hacer de este un mundo justo, compartible y amigable en la «nueva normalidad» de la que ahora hablan políticos y pensadores.
Hoy es pertinente volver a algunas de sus construcciones axiales, como celebración de la memoria y como apunte metodológico para emprender el camino propuesto.
El concepto de percepción lo más objetiva posible de la realidad, que a veces pasa inadvertido en la hondura de su pensamiento, es fundamental y básico en la obra de Carrasco, a tal punto que le otorga un espacio muy importante en la formulación de los objetivos formativos del Proyecto Educativo del Colegio Latinoamericano, como punto de partida ineludible en la formación de un pensamiento crítico. En el contexto de su obra, la palabra percepción se aparta del sentido y del primer significado denotativo, literal que el vocablo tiene en el diccionario, se acerca al tercero: conocimiento e idea, para adquirir otras connotaciones, como aprehensión directa de una realidad objetiva, diferente de la sensación y de la intuición intelectual. Esta percepción lo más objetiva posible es impensable sin lo que W. Benjamin, refiriéndose al arte, llama «la mirada de Medusa», cuyo ojo ilumina lo inusual y lo particular con la certeza de que allí hay un jeroglífico. Esa mirada requiere luego tomar distancia para advertir el entramado profundo de los problemas, los supuestos subyacentes que aceptamos sin crítica y los estrechos esquemas simplificantes, que nos limitan y nos precondicionan.
Los fragmentos cuya lectura propongo, son los que, a partir de la percepción lo más objetiva posible de la realidad, refieren a la relación del pensador con la realidad, de la que emergen su concepción del saber y del conocimiento, presentes en los fundamentos de la Psicología Crítica Alternativa como opción, y en sus trabajos sobre educación.
La investigación, el desarrollo del pensamiento, la producción, y la vida misma de Juan Carlos Carrasco, están signados por la particular relación que él sostuvo con la realidad, con la realidad de la naturaleza, con la realidad social, en fin con la realidad en todos sus niveles y formas: indagador inveterado de la naturaleza y de la sociedad, sujeto empeñado en ir más allá de lo aparente, de lo que se ve, hurgador permanente de sus intersticios más recónditos, inquisidor de mirada profunda, observador y analista implicado en la observación y el análisis. De esta relación dialógica y dialéctica con la realidad, emerge su concepción del saber que está siempre fuera del supuesto poseedor del saber-sabio, y es conciencia biológica en seres muy primarios, conciencia que «registra de alguna manera la estructura de su ser y las modificaciones que puede sufrir dicha estructura» como expresa en El miedo: amenaza de nuestro tiempo (1966, en Aportes II), o es ese saber que es «experiencia» «saber fáctico» en los seres humanos, que, en sus palabras: «está en los otros», según consta en Análisis crítico de una práctica personal y propuestas alternativas (1983, en Aportes II) y que, dicho con otras palabras e iluminando otros contextos, está presente en la mayoría de los escritos que abordan estos asuntos.
Luego, vinculada con esta idea del saber, explicita su concepción del conocimiento como análisis, reflexión, sistematización, hecha por el observador desde el saber fáctico que recoge de los otros y desde la evocación responsable de sus conocimientos académicos, según explica en el mismo trabajo.
Estas concepciones nos acercan un método para investigar y en ellas están las bases epistemológicas de su metodología de trabajo en Educación sexual, en Escuela de padres, presentes también en los objetivos formativos del Proyecto Educativo del Colegio Latinoamericano, y, fundamentalmente, en su propuesta de Psicología Crítica Alternativa: una psicología realmente operativa en y para los poblaciones con las que trabajaba, dado que, en sus propias palabras, «las técnicas psicológicas que ofrecía el mercado especializado», «hablaban en otro lenguaje, operaban de otra manera, sus símbolos nos remitían a marcos referenciales de otras tradiciones», porque su pensamiento creador y libertario, nunca le permitió sojuzgar la realidad a teorías que no la explicaran, y, esta es una de las invalorables enseñanzas que nos ha transmitido: las teorías sólo sirven para explicar la realidad o para reflexionar sobre ella; son desechables cuando la encadenan.
Quisiera seleccionar fragmentos para presentar estas ideas desde sus propias palabras, pero me resulta muy difícil hacerlo. El pensamiento de Carrasco y su plasmación en el discurso escrito operan en innumerables espirales concéntricos o enhebrados, en serpentinas anudadas, (digo, en un intento de utilizar imágenes no verbales en las que él confiaba mucho más que en las palabras); espirales y serpentinas que se desenrollan y desarrollan en uno u otro itinerario mental, manteniendo impecablemente la lógica del razonamiento, y concluyendo en un párrafo conciso y definidor para cuya comprensión cabal es necesaria la lectura de todo lo anterior.
Por esta razón, a pesar de la utilización de un léxico sencillo, preciso y eficaz, complicado a veces por el uso de palabras existentes en la lengua con un determinado significado y utilizadas por él con otro sentido y otros significados (percepción, ideología), la selección de fragmentos breves en la obra de Carrasco es casi imposible. Los conceptos se expresan, generalmente en extensos párrafos conformados por oraciones también extensas, en los que, muchas veces, se retoma el concepto clave, para volver a comenzar en la misma o en otra dirección. Las ideas-fuerza se configuran definitivamente a lo largo de extensos períodos.
Intenté seleccionar algunos fragmentos que transcribo a continuación. En «Análisis crítico de una práctica personal y propuestas alternativas» (París, 1983 en Aportes II, páginas 229-230 y 249-250) dice:
Una de nuestras experiencias más concretas en el campo de la psicología fue la del diagnóstico psicológico. Corría por entonces el año 1948, Nada de lo que habíamos aprendido en la literatura y en algunas salidas al «viejo continente» nos servía para ser aplicado al análisis y diagnóstico psicológico de las personas que se encontraban en el hospital psiquiátrico en el cual trabajábamos.
Tuvimos que inventar técnicas, adaptar otras, adecuar los métodos de interpretación, en fin, concebir maneras o modos de entender la aproximación, el abordaje explorativo y la comprensión de las operaciones mentales de esa población. En ello estuvimos hasta el año 1972, y estamos convencidos de que, a esa altura, ya habíamos conseguido hacer de nuestro departamento de psicología un instrumento útil para la rutina del trabajo psiquiátrico.
¿Fue esta una tarea de Psicología alternativa? Tal vez sí.
(…) Es esta elaboración dialéctica del saber la que nos asegura en primer término, la no pérdida de conexión entre el conocimiento y la realidad concreta y en segundo término, que el saber sea manejado y utilizado por quienes son sus verdaderos productores y destinatarios.
…A menos que se visualice con claridad la íntima relación entre problemática individual o grupal y mundo concreto y se encuentren las articulaciones entre ambos, expresadas y analizadas en categorías psicosociales, el objetivo de tornar dicho mundo más comprensible y manejable y por ende transformable, la explicación y respuesta psicológica será totalmente frustrante y desubicada.
Estas concepciones se desarrollan magistralmente en «Rol del Psicólogo en Latinoamérica» (2001, en Aportes II, páginas 358-59):
Un segundo período de experiencia se abre ante nosotros cuando en la década del 60 se desencadena en nuestro país un proceso de agitación social y política que culminó con la presencia de una violenta represión e instalación de una dictadura, primeramente político militar y posteriormente predominantemente militar.
El movimiento de los estudiantes universitarios de la época, por un lado, y por otro, la aparición de una nueva fenomenología clínica y diferente demanda, cuestionó fuertemente nuestro bagaje conceptual y técnico. No pudimos responder adecuadamente con nuestro equipamiento conceptual e instrumental. (…) Ante la vivencia del desamparo instrumental y operativo y la consecuente sensación de impotencia y fracaso, pensamos en aquel momento que los reales poseedores del saber experiente eran los verdaderos protagonistas de los acontecimientos. Es decir, el saber estaba fuera de nuestras habituales fuentes académicas de información.
Da cuenta luego de lo duro que fue apartarse de su encuadre profesional y comprender que la salida al problema estaba, justamente en descentrarse de la identidad profesional y apreciar los hechos desde ese nuevo lugar: escuchar, observar y preguntar, cobrando conciencia de que también ellos formaban parte del colectivo protagónico, fusionándose con la peripecia de los otros y, desde ese lugar, desempeñar su rol: transformar ese saber experiencial en conocimiento a través de un proceso de análisis, reflexión y sistematización.
Nada de lo pensado, desarrollado y creado existiría en la obra de Carrasco si no estuviera implicado en su concepto de ideología en el que, otra vez se aparta del diccionario y de otros marcos teóricos. («Objetivo: formación de hombres libres» en Aportes I, pág.49):
Nosotros nos hemos acostumbrado a usar el término ideología para designar esa estructura dinámica del mundo que se les ofrece a las personas». «Habitualmente se entiende por ideología un sistema de ideas que ofrecen una concepción del mundo y de la vida. Por eso se habla de una ideología tal o cual. Para nosotros eso es una doctrina.
El ser humano va elaborando su visión, su imagen de este mundo. Va también incorporando su orden, su estructura, las maneras de conducirse y de valorar las cosas. Con ello va también incorporando un estilo de vida, necesidades y deberes, deseos y aspiraciones.
En la medida en que todos los ámbitos (familia, escuela, sociedad), en los que transcurre la existencia del ser, le presenten una experiencia uniforme y coherente, es que su interioridad también será coherente y no habrá por lo tanto «alteraciones» en la expresión social de su conducta.
La doctrina solo se transformará en ideología cuando se concrete en hechos muy reales de la vida cotidiana. Esto solo es posible a través de la acumulación en el tiempo de circunstancias que determinan en la gente una visión de las cosas y una manera de vivir.
La ideología del grupo social se absorbe a través de la experiencia de vida cotidiana.
Cotidianeidad e ideología son para nosotros la misma cosa, con la diferencia de que nos hemos acostumbrado a llamar cotidianeidad a ese mundo internalizado por el individuo en su experiencia concreta de vida cotidiana y que pasa a ser parte de su persona configurando de este modo su vida psicológica.
En «Relación de enseñanza, percepción anticipada y situación paradojal», (Aportes I, página155) presenta, por medio del proceso de socialización la configuración de la ideología:
Es sabido que el proceso de desarrollo ontogenético del ser humano está condicionado por factores endógenos y exógenos. Se trata en definitiva del cumplimiento de un programa genético en el seno de un cauce socio-cultural. El encauzamiento del programa genético constituye el proceso de socialización, gracias al cual el ser podrá vivir con adecuación a las exigencias de su grupo social, e ingresar a la vida activa, dentro de dicho grupo en el momento debido.
Hasta aquí una brevísima exposición de su método de trabajo, como modelo para que los más jóvenes acepten mi invitación para continuar con sus investigaciones y actualizarlas.
Ahora mi testimonio personal.
Trabajé 20 años a su lado en el Colegio Latinoamericano (pocos en su longevidad y en la mía), pero nos unió una amistad entrañable, construida entre discusiones arduas, en las que él «casi siempre tenía razón», y acuerdos cálidos y generosos, con algún desencuentro difícil, que su obstinada fraternidad y mi terca lealtad pudieron zanjar, pero doy fe de que en todas esas circunstancias de nuestros seres-en-situación (como él entendía las conductas y comportamientos humanos), nunca lo vi apartarse de lo que consideraba justo, de lo que en sus trabajos expresa; nunca lo vi alejarse de su interés por saber, nos dijo, reiteradas veces en los días de la enfermedad que era increíble lo que estaba aprendiendo con ella y de ella. Y seguramente fue así. Él, taumaturgo casi milagrero, siempre supo transformar la adversidad en experiencia, en conocimiento, en solidaridad. Nunca lo vi apartarse de la búsqueda de un conocimiento lo más objetivo posible de la realidad para obrar sobre ella, nunca lo vi apartarse de la generosidad, del deseo de justicia y de la solidaridad, de lo que componía su ideología como modo de vida.
Carrasco hablaba poco de la muerte, le costaba aceptar aún la muerte de las ramas secas de sus árboles queridos, y nosotros, los que trabajábamos con él, los que compartíamos su cotidianeidad en el Colegio, no la mencionábamos porque tal vez, en el fondo de nuestros corazones, algunos pensamos que nadie como él podría hacer realidad el deseo de Borges de: « ¿por qué no correr el albur de ser el primer inmortal?».
El único texto referido al instinto de muerte, la thanatos casi sagrada, que encontré es de mayo de 1966, en «El miedo: amenaza de nuestro tiempo» ( Aportes II, página 142), tenía 43 años y una hija por nacer (momentos en los que uno se atreve a desafiar a la muerte), y dice: «Con el mismo derecho, podemos pensar que la vida no es agotada por la muerte; la vida puede agotarse en sí o ser agotada por factores destructivos, siendo estos factores destructivos hechos concretos que hacen innecesario, repetimos, el concepto abstracto de la muerte como destructora activa. La vida es ser de una manera particular, la muerte es dejar de ser de esa manera particular».
Hace diez años que Carrasco ha dejado de «ser de una manera particular»: su mirada, ¡aquella mirada!, la que traspasaba y taladraba, su voz, sus manos, las que a veces explicaban mejor que las palabras, no nos acompañan más, pero nos quedan su recuerdo, su pensamiento plasmado en los libros, su legado y la certeza de que las personas no mueren si permanecen en la memoria de los vivos.
Gloria Machado
Integrante del Consejo Directivo
Gloria: . Gracias una vez más por tu aporte tan profundo y verdadero como generoso. Pocos pueden animarse a analizar con hondura y conocimiento el pensamiento de Carrasco.