El cuerpo es un elemento central del proceso educativo. Aprendemos desde y con el cuerpo. Enseñamos sobre la corporeidad. Somos y tenemos un cuerpo.
Para que se produzca el acontecimiento de enseñar y aprender es necesario establecer un vínculo que depende de las generaciones que se encuentran y de cómo se constituye cada una en relación con la otra. En este encuentro el cuerpo toma un rol preponderante.
En nuestra labor docente, o por lo menos así es mi vivencia, la presencialidad es uno de los aspectos fundantes del proceso educativo. Me es muy difícil entender los procesos de enseñanza-aprendizaje desde la no presencialidad. La pregunta más bien seria aprender a estar presente, desde la no presencia corporal o lo que es lo mismo ¿se puede estar presente en la ausencia corporal?
La tarea docente en entornos virtuales implica múltiples transformaciones en la forma de ejercer nuestro rol docente. Principalmente en la dimensión vincular del acto educativo, en la relación que se establece entre el estudiante y el docente. Implica una forma distinta de pensar el espacio y el tiempo. El acto educativo siempre ocurrió en espacio y tiempo compartido, ahora es el estudiante quien regula el ritmo y tiempo de aprendizaje, orientado a la distancia por el docente. Y escribo lo de distancia, porque no estamos frente a un aislamiento social, sino un distanciamiento social, lo cual nos invita a reconstruir y transformar las formas de vinculación entre los docentes y los estudiantes, en esta no simultaneidad y vinculo asincrónico.
Retorno al primer párrafo, donde doy relevancia al cuerpo en los procesos de enseñanza-aprendizaje. Tomando como referencia a dos profesionales (Julián Ajuriaguerra y Pedro Berruezo) realizo una breve descripción desde que lugar de cuerpo me posiciono.
El cuerpo siguiendo a Julián Ajuriaguerra, es una entidad física, es efector y receptor de fenómenos emocionales, sobre los demás y sobre sí mismo. Se sitúa en el espacio y en el tiempo. El cuerpo es una totalidad, es co-formador, es conocimiento y tiene una vital relación con el lenguaje. Pablo Berruezo plantea 4 dimensiones de nuestra acción corporal. La dimensión funcional o motriz, que incluye el cuerpo que hace, se mueve; la dimensión raciona, l el cuerpo que conoce, que aprende y que organiza el mundo en claves espacio-temporales. La dimisión emocional, el cuerpo que siente, experimenta y expresa emociones. Y por último la dimensión relacional, que refiere al cuerpo que comunica. Estas cuatro dimensiones están íntimamente interrelacionadas e integradas, en cada acción corporal están todas manifiestas. La presencia de las manifestaciones corporales es la prueba de la existencia del cuerpo
Todos nuestros mediadores en la comunicación son producciones corporales. En estas producciones corporales están incluidas los gestos, la mímica, el lenguaje, la voz, la actitud postural, la mirada. Y estas son herramientas fundamentales en el establecimiento del vínculo con nuestros estudiantes en el espacio aula. El aula, es un escenario donde se articulan las distintas dimensiones de la persona y determinan los procesos de aprendizaje-enseñanza. Y cuando pensamos en las dimensiones de la persona, hacemos referencia a las dimensiones corporales. Además estas producciones corporales son identitarios. Esta ausencia de espacio físico escolar, nos pone de manifiesto lo que ocurre en las aulas. Las aulas son espacios de encuentro, de encuentro de los cuerpos, y por tanto es un espacio multisensorial, donde percibimos todos los lenguajes corporales, podemos seguir las miradas, mirar los cambios en la actitud postural, las variaciones de los tonos de voz, los gestos, los ritmos. Esta dialéctica de los cuerpos nos permite saber que funciona y que no funciona en ese encuentro. “El discurso del aula no es solo un discurso del saber académico, sino un discurso relacional de carácter afectivo y personal”(Ortega, 1990). Ahora en esta virtualidad, tenemos que reaprender como encontrarnos y como encontrarse entre ellos, ya que a los estudiantes les faltan las voces de sus pares y claramente no solo las voces.
Además volviendo a lo identitario de las producciones corporales; las preguntas que nos surgen son: ¿porque en la plataforma solicitamos que suban una foto? Porque necesitamos vernos los rostros, escucharnos las voces?
La voz, el rostro, la mirada son identitarios y la identidad implica un sentido relacional con respecto al otro, sea reconociéndolo o negándolo. Implica siempre alteridad
En estos encuentros virtuales podemos oírnos pero no escucharnos, podemos vernos, pero no mirarnos.
Esta nueva forma de vincularnos, nos pone en un lugar de reconstruir nuestro rol; hasta que dentro de un tiempo podamos volver a encontrarnos cuerpo a cuerpo. Pero mientras tanto, así lo entiendo yo, tendremos que pensar formas de humanizar las tecnologías.
Ana Laura Rodríguez
Profesora de biología de 6to de Bachillerato