El cuerpo detenido detrás de la pantalla. La terrible quietud de lo que duele. Dolor del cuerpo que no anda. Cuerpo anquilosado. Interrupción de todo movimiento.
Henos aquí encasillados. Cada rostro, una casilla. Eso es todo lo que podemos enseñar de nuestro cuerpo. Un cuerpo insensato, descoordinado. Cuerpo que se piensa cuerpo y no llega a.
La superioridad del pensamiento, sobre todas las cosas. Una mirada extendiéndose como si traspasara el vidrio. Lo imposible de estar adentro de uno mismo. Cuerpo adentro en el insomnio.
Un encuadre de luz perfecciona el cuerpo. Sin cuerpo no hay, por eso duele. Duele para decir que está ahí, traspasa el tiempo, hiende los minutos con la velocidad de un rayo. El pensamiento rasgado gira sobre sí mismo. Un disco no es, ni una noria, sin embargo es necesario repasar cada movimiento una y otra vez para estar seguros.
Hablar. Decir como si todo aún permaneciera en su sitio. Hablar con el cuerpo sentado, inmóvil, preso de sí mismo el cuerpo no escapa, acepta la quietud que no es calma ni equilibrio. Dar de sí un cierto conocimiento que solo la voz explaya. El centro del mundo en la voz. Se dice que se dice y sin embargo algo falta. La carencia de estar en algún sitio. Sitiado el cuerpo se desborda y crece. Engorda la palabra que no sale, la palabra que adentro hace nido. Pájaro inmóvil la palabra.
No hay afuera. Afuera es miedo, amenaza, pavura de salir a calle y encontrar, cerca, otro cuerpo.
Cuerpo de los hombros hacia arriba. Cuerpo rectangulado en la pantalla. Hablar con los demás viéndose a uno mismo. Réplica de la réplica, evidencia de estar ahí. Ilusión de ser algo más que una única voz. Clamar en el desierto, ser el silencio en los oídos de Odiseo. Detrás había un mundo otro donde los cuerpos se rozaban. Ahora la densidad de los objetos se volvió cuerpo ajeno posible de tocar. La piel cubriéndolo todo, más que nunca la piel ahí, envuelta también sobre sí misma. Coraza la piel y sin embargo el guante. La boca que se tapa para respirar entre uno y uno. Tragarse la propia respiración, el propio aliento. No echar de sí nada.
Todo cuerpo es reducto de su propia carne, su propio hueso. Cuerpo quebrado por el aire. Cuerpo que no quiebra el viento. Dureza de durar duramente mientras todo pase.
Cuerpo enajenado. Simulación de un cierto orden, como si todo, aún, permaneciera. No hay sitio que no haya sido corrompido. El cuerpo de la casa como una fortaleza. La casa: cuerpo que sostiene el cuerpo. Y aquí estamos ensimismados sin poder, siquiera, tocarnos a nosotros mismos. Aquí estamos, desinfectando nuestro tacto. El peligro de tocar, tocarnos. Somos un cuerpo desmembrado, desarmado delante de una pantalla. Libres de la cintura hacia abajo. Somos una foto carné, un pensamiento que produce pensamiento, no importa qué, importa la generación de un espacio, cualquiera, pero espacio al fin. Estar en algún sitio, eso es todo. Avanzar sobre el vidrio y entrar al otro. Sin olfato ni tacto entrar al otro. Sin roce del cuerpo. Sin cuerpo. Entrar al otro.
No tenemos cuerpo en el mundo y sin embargo proliferan los cuerpos en el aire virtual de las pantallas. Cuerpos bellos y de los otros. Cuerpos flojos o duros, cuerpos exhibidos como carne en las vitrinas, cuerpos de aire denso o leves cuerpos frágiles. Cuerpos, cuerpos, incorpóreos. Cientos de cuerpos en la nada, en la bruma virtual de las pantallas. ¿Para qué el cuerpo si no es para mostrarlo? Sin embargo ahora el cuerpo es secundario, terrible, atroz. Estar del otro lado del cuerpo como una promesa de salvación.
Claudia Magliano
Profesora de Literatura de 5to de bachillerato